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El olvido: la pérdida de información.

Si queremos comprender nuestro recuerdo, es evidente que necesitamos saber no sólo como adquirimos la información, sino también los factores que rigen su olvido.

La relación entre aprendizaje y memoria es más o menos lineal, de modo que el almacén de memoria a largo plazo puede compararse a un baño que se llena por medio de un grifo que deja caer el agua a un ritmo constante. El olvido es rápido al principio, pero gradualmente se hace más lento; la tasa de olvido no es lineal.

Todos solemos quejarnos de nuestra memoria. A pesar de la elegancia del sistema de memoria humano, no es infalible y tenemos que aprender a vivir con este impedimento. Parece que socialmente es mucho más aceptable quejarse de una mala memoria y, en cierto sentido, achacar una falta social a “una memoria fatal” que atribuirla a la estupidez o a la falta de sensibilidad. Pero ¿cuánto sabemos de nuestra propia memoria? Evidentemente, es necesario que recordemos nuestros fallos para saber hasta qué punto tenemos mala memoria.

Uno de los problemas principales al tratar de evaluar la propia memoria es que, al hacerlo, uno se está comparando implícitamente con otras personas. Habitualmente, no tenemos pruebas reales de lo buena o mala que es la memoria de los demás y por eso es muy fácil que lleguemos a formarnos una idea distorsionada del poder de la nuestra.

Es obvio que resulta muy difícil obtener una medida objetiva de la memoria en la vida diaria, dada la gran cantidad de tareas en las que interviene y dado lo mucho que depende del estilo de vida de la persona en cuestión.

No debemos olvidar que tenemos una memoria a corto plazo y una a largo plazo, además de una por cada sentido.

Otras demandas que imponemos a la memoria complica las cosas al evaluar las estimaciones de las personas acerca del poder de su propia memoria procede del hecho de que cada una lleva vidas muy diferentes.

Una persona puede llevar una vida tremendamente estructurada y protegida, imponiendo pocas demandas a la memoria, mientras que otra puede tener una existencia muy activa y agitada. Dada una capacidad de memoria equivalente, es mucho más probable que la segunda persona tenga más fallos que la primera. Las personas de edad suelen manifestar menos fallos al recordar, que los jóvenes. Esto puede deberse a que la gente mayor suele hacer una vida más estructurada y ordenada que los jóvenes. Por ejemplo, en una familia, la madre suele actuar como si constituyera no sólo la memoria de sus propias actividades, sino también de las de su marido y sus hijos. Por ello, es probable que tenga que utilizar más ayudas de memoria, como calendarios o diarios, que los demás y, en consecuencia, tenga menos fallos. Es posible que este tipo de hábitos de organización se mantengan hasta edades avanzadas.

Las reglas mnemonicas basadas en la capacidad para formar imágenes visuales se han utilizado al menos desde la época clásica. Según Ciceron, que escribía en el siglo I a.C., la primera regla en el mnemónica de este tipo la había desarrollado Simónides, un poeta griego, aproximadamente en el año 500 a.C. Parece ser que un griego que había ganado un combate de lucha libre en los Juegos Olímpicos ofreció un banquete en su casa para celebrarlo. A Simónides se le había invitado a asistir y recitar un poema en honor del vencedor. Poco después de finalizar sus elogios, llamaron a Simónides y tuvo que salir, afortunadamente para él, porque justo después de que se marchara se hundió el suelo de la sala donde se celebraba el banquete, produciendo la muerte y la mutilación de los invitados. Muchos de los cuerpos quedaron irreconocibles. ¿Cómo iban a identificar los familiares a las víctimas para darles un buen entierro?.Simónides se dio cuenta de que podía recordar con bastante facilidad donde se encontraban la mayoría de los invitados en el momento en que él se marchó así pudo identificar los cuerpos. Esto le hizo pensar que si su memoria visual era tan buena, ¿no podría utilizarla cómo ayuda para recordar otras cosas?. Así pues, ideo un sistema en el que visualizaba con gran detalle una habitación, imaginando después distintos objetos en determinados lugares de la misma. Cuando tuviera que recordar cuáles eran esos objetos, “miraría” en el lugar adecuado con su ojo mental. El sistema se popularizó con los oradores clásicos, como Cicerón, y se ha seguido usando hasta nuestros días.

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